No se puede ser genuinamente no violento y
permanecer pasivo ante las injusticias sociales.


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Libia: El imperio contraataca



 

Libia: El imperio contraataca


Por: Alejandro Kirk (*)




Pocos días antes de la primera guerra del Golfo yo estaba en Bagdad, constatando una serie de cosas. Un "guía" que me asignó el ministerio de Información tenía la misión oficial de impedir todo movimiento, y además la intención de sacarme los pocos dólares que llevaba, asi que no me quedó más remedio que fugarme. En la calle, pude ver que las mujeres no usaban velo, ni había el ambiente religioso insoportable que se vivía en países como Arabia Saudita o Sudán. También, que se veian pocos contrastes sociales y que la pobreza no era evidente.

Y, claro, también vi que la efigie, las fotos y los pensamientos de Saddam Hussein estaban por todas partes, junto a los infaltables y horribles monumentos militares que en casi todo el planeta afean las ciudades (para una muestra, el adefesio que se autoerigió la Fuerza Aérea de Chile, que ensucia una fuente espectacular en Providencia).

Lo que vi, lo relaté. Inclui en el relato pasajes de algunos libros de Saddam Hussein que me sorprendieron: pudieran haber sido escritos por Salvador Allende, acerca del imperialismo, del papel de las mujeres en el socialismo árabe, del papel del Estado en la economía, de la participación popular, etc. También, que el "socialismo árabe" era violentamente anticomunista: en Irak, Egipto, Siria o Libia, lo que se manifestaba en asesinatos en masa, torturas y persecución de los partidos comunistas que habían apoyado los golpes de Estado antomonárquicos y anticolonialistas en esos países.

Por esos días mi madre me escribió un carta que decía algo clave: "si los yanquis odian tanto a Saddam, algo bueno habrá hecho". Era algo difícil de discernir, pues Saddam era un personaje contradictorio: había lanzado una guerra de agresión contra Irán -con pleno apoyo de Estados Unidos- y ahora estaba en la mira por atreverse a recuperar el enclave de Kuwait, arrebatado a Irak en la división arbitraria de fornteras efectuada en la zona por los colonialistas británicos y franceses.

Aquella reflexión de mi madre me ha acompañado siempre, sin embargo, y me ha servido para analizar a cada villano que los medios de comunicación internacionales levantan como representación misma del mal, como Mugabe, Noriega, Milosevic, Chávez, o Gaddafi. No son muy creativos, siempre usan la misma técnica, que funciona por repetición: por ejemplo, el ejército y la aviación libias no son de Libia, son de Gaddafi. Asi se personifica el mal. Y luego, cuando comiencen los aviones norteameericanos, británicos y franceses a destruir el país, estarán atacando a Gaddafi, no a Libia.

Cuando en 1989 la OTAN anunció que acudiría en defensa de los albaneses kosovares contra el publicitado "genocidio" perpetrado por Yugoslavia, también la misión era destruir a las fuerzas armadas "de Milosevic" en Kosovo. Pero cuando el conflicto terminó con la derrota yugoslava, el periodista británico Robert Fisk se instaló en una colina y contó uno a uno los tanques y cañones que se retiraban del Kosovo, y constató que estaban virtualmente intactos. A Fisk lo acusaron de "traidor".

Lo que los aviones norteamericanos de la OTAN destruyeron no fueron las fuerzas armadas de Milosevic, sino la infraestructura productiva de Serbia, lejos del Kosovo, asegurándose de que aquel Estado industrializado no pudiera sobrevivir, como lo estaba haciendo, a la marejada neoliberal de los 90. Eso y no Milosevic, era el objetivo.

Cuando en 1989 Estados Unidos invadió Panamá, dijo que fue para arrestar al presidente-narcotraficante y doble agente Manuel Antonio Noriega, el mismo que les había sido tan útil en las actividades de la CIA contra la Nicaragua sandinista y la insurrección el El Salvador. En realidad, la invasión era para asegurar el control del Canal de Panamá, que debía pasar a manos panameñas en 1999, según los tratados Torrijos-Carter de 1977.

El conflicto libio apareció en el momento justo para tapar los acontecimientos en el resto del Maghreb y el llamado Medio Oriente. En Egipto, por ejemplo, la "revolución" terminó con un golpe de Estado militar y nadie se ha ocupado de supervisar lo que ocurre. En Yemen y Bahrein la represión campea y no hay más titulares. En Arabia Saudita y todos los emiratos del Golfo Pérsico (o Arábigo) los servicios de seguridad actuan con su dulzura de siempre para prevenir alzamientos democráticos similares a Túnez y Egipto, y no se les ve en la televisión.

El problema en Libia es que el villano de turno no sólo no salió huyendo a disfrutar de los dineros robados -como le ofrecieron- sino que comenzó a ganar la partida. Y para que la opinión pública apoye la agresión que aprobó el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, hay que presentarla como una nueva "guerra humanitaria", un ataque personal a este ser odioso, Muammar Gaddafi, en defensa de la civilidad insurgente.

Serán Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia los encargados de proteger a esa civilidad con aviones de guerra. No invadirán, por ahora, esperanzados en que los bombardeos, o la sola amenaza, resuelvan la situación -un golpe Estado- sin arriesgarse a otro infierno interminable como los de Afghanistán o Irak.

Para esto intentarán que los alzados de Bengazi mantengan la ciudad, que será generosamente abastecida por mar de armas y asesores militares, y que servirá de cabeza de playa si no hay más remedio que invadir.

Aunque sea majadero, hay que decirlo: el objetivo real de todo esto es el control del petróleo, del que no se habla en los medios. Libia tiene 3,4 por ciento de las reservas mundiales de petróleo (el doble que Estados Unidos), y uno de los costos de producción más bajos (cerca de un dólar por barril). El Estado libio controla el petróleo a través de un consorcio que regula la actividad de las corporaciones extranjeras. Una de las más activas de éstas es la Corporación Nacional del Petróleo de China, que hasta antes de la crisis tenía 30 mil empleados en Libia (contra 40 de la British Petroleum). Otra empresa vital en la producción libia es la estatal italiana ENI. Todos ellos serían desplazados.
Pero si no funciona y los libios resisten, tendrán que invadir y enfrentar miles de soldados a lo desconocido, y posiblemente por décadas. Ese es el miedo.

Y es posible que en esta batalla Muammar Gaddafi deje a un lado el boato del poder y se vindique a sí mismo, que este enfrentamiento le recuerde a aquel joven oficial revolucionario que a los 28 años devolvió la dignidad al pueblo libio. En la hora final, algunos de estos villanos levantados por los medios desilusionaron a sus captores: al revés que Noriega, que se comporta hasta hoy como la rata que siempre fue, Saddam y Milosevic soprendieron a todo el mundo y sucumbieron con bravura, no suplicando clemencia como hubiesen querido sus enemigos.

(*) Periodista de la Radio del Sur

 


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